sábado, 1 de enero de 2011

¡Feliz año nuevo!

El día de ayer, hace exactamente dos años, nació este blog y, con él, la ilusión de compartir con ustedes lo que siento. Imaginaba que un lector desconocido (o semiconocido) se encontraba un día con mis textos y, al leerlos, encontraba un refugio parecido al que yo encuentro. Escribir, para bien o para mal, ha sido parte de mi vida durante ya varios años; en la escritura he encontrado las mayores satisfacciones, las mejores amistades y los más grandes amores. Este año, afortunadamente, no se ha quedado atrás: Pude entrar a Habitantes de Moria, encontré en El Gremio de escritores de la barba naranja un grupo de maravillosos amigos que me han dado todo, la poesía me unió con la mujer que amo y, en general, las cosas marchan sobre ruedas.
(Aparte puedo presumir que gané un estímulo (beca) en el PECDA 2011 de Morelos)
Espero traer más noticias pronto. Y, como siempre, queda el propósito de escribir aquí más a menudo. Les mando mis mejores deseos a todos.

Luz y fuerza.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Cuento navideño

En aquellos tiempos, tenía una extraña obsesión con cualquier reloj que tuviera esos pequeños circulitos en la carátula, cuyo significado y utilidad jamás descifré. Llevaba ya tiempo pidiéndole uno a mi familia y, en cuanto me dijeron que me lo comprarían, supe que iba a ser una navidad especial. Yo mismo fui a elegirlo: era de color rojo y tenia tres círculos pequeños con sus propias manecillas; no existía en el mundo algo más hermoso. No recuerdo exactamente cuantos años tenía, pero era suficientemente pequeño para creer en Santa y para que no me dejaran quedarme despierto después de las 9 de la noche. El árbol, ese año, estaba decorado con dulces: bombones, palomitas y bastones de caramelo cubrían sus ramas. Debajo, envuelto y resplandeciente (o al menos así lo veía yo), estaba el maravilloso reloj.

Todo fue tomando forma. Mientras el tiempo pasaba, la cena estaba lista, la mesa puesta y yo, formal y emocionado. Mi papá no tardaría en llegar, así que le pedí a mi madre que me dejara abrir el regalo; su respuesta fue clara: los regalos no se abren hasta que estemos todos.

No recuerdo que fue lo primero que pasó, supongo que fue la luz del sol que lentamente desaparecía la que delató que algo extraño sucedía. Yo había decidido sentarme a un costado de la puerta a esperar a mi padre. La cena comenzó a enfriarse y las oscuridad se tendía sobre nosotros como una certeza inevitable. En algún momento sentí la humedad de las lagrimas en mis ojos; sabía que mi padre jamás llegaría, que esta vez, y de ahora en adelante, sólo seríamos nosotros. Mi mamá me decía que era muy noche, que debía dormir para que Santa llegara, pero yo me aferraba a la puerta como si de ello dependiera mi vida. Fue cerca de la media noche cuando me entregué al sueño, nunca había estado despierto tanto tiempo y me sentía agotado de tanto llorar. No recuerdo lo que sucedió al día siguiente.

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No fue sino hasta tiempo después que supe lo que había pasado. Lo vi en unas fotos que mi padre guardaba en su camioneta y que mi madre había sacado para ver. Lo vi con una espesa barba, con una sonrisa, rodeado de su nueva familia. Recordé entonces la soledad, mis lagrimas. Recordé que a los pocos días tuve que devolver el reloj porque había dejado de funcionar. Pensé en devolver mi corazón por si había dejado de funcionar.
Ahora lo recuerdo todo porque pronto tendré una cena con mi novia y sus amigos y me pregunto ¿cuánto habré cambiado desde aquella ocasión? Me siento feliz y, de alguna extraña manera, sé que nada ha cambiado mucho y que construyo mi vida con los fragmentos que me quedan.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Un sueño


Me gusta manejar cuando la oscuridad se abalanza sobre la autopista y sólo queda ese resquicio diminuto que los faros iluminan. Veo pasar la interminable línea intermitente y pienso en muchas cosas. Veo, de pronto, como tu cuerpo se dibuja en la distancia. Los carriles de la autopista se convierten en tus dos piernas y la oscuridad -siempre negra, siempre profunda- semeja tu sexo terrible, al que me dirijo sin titubeos. Entonces me doy cuenta que algo crece dentro de mi pantalón. “No puedo seguir así” me digo y tomo la decisión de llevar mi mente a otros parajes; sin darme cuenta, la idea me golpea: estoy solo.

Me despierto agitado y siento tu cuerpo junto a mi. Te abrazo y vuelvo a cerrar los ojos.

(Sé que llevo un tiempo sin publicar, pero he estado muy ocupado. Espero que les guste.)

domingo, 31 de octubre de 2010

Poemínimos varios

A pesar de todo, tengo fe en las cosas sencillas:
en los besos que se dan en la mañana cuando el mundo aún no tiene forma,
y en un buenos días,
común como los lugares comunes,
en el que decimos te amo y lo dejamos madurar.

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Quien dijo que el amor no crece en las paredes mentía

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Sin importar lo que pase, hay que quemar las naves y aceptar que, contra todo pronostico, la vida es más hermosa de lo que desearíamos.

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Vine a preguntarte:

¿qué son estas flores creciendome en los labios?


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Que no cunda el pánico, no esta solos (aunque queramos)


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Y aunque no lo diga, sabes que hay algo inevitable

algo que no ocultan tus ojos, ni las palabras que elegimos

para esta despedida.

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No digamos mentiras

ni esperemos que los artificios descubran en nosotros

los destellos del ágata,

o el amor que tejemos por las noches.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cita a ciegas

Juan se sentó y saludó a una mujer de la cual apenas conocía el nombre. Cuando, una semana atrás, vio el mail de Maria anunciando que había arreglado una cita a ciegas para él, jamás pensó que resultaría de esta manera. El correo no mencionaba más que tres cosas: el lugar, la hora del encuentro, y, por supuesto, el nombre de la señorita. Así, cuando Juan se sentó en la mesa, dijo el nombre de Valeria como si la conociera de hace mucho tiempo. Las cosas sucedieron con una rapidez y naturalidad inesperadas. Valeria lo recibió con un beso en la mejilla y ordeno un plato de sopa. No llevaban mucho tiempo en la mesa cuando ella se levanto, lentamente pero sin dudar, y, con la cuchara que estaba a un costado del plato, desprendió los ojos del rostro estupefacto de Juan; después susurro ha su oído: "estamos listos para empezar". Así, tanteando sobre la mesa, Juan encontró la copa de vino y tomó un generoso trago.

lunes, 11 de octubre de 2010

Otto e mezzo

  1. No sé por qué, pero no encuentro ese punto exacto en que debes caer rendida a mis brazos.
  2. La oscuridad me sigue dando miedo, sobre todo cuando estas lejos.
  3. No sé por porqué me tiemblan las piernas si te veo, por qué sudan las manos, y los ojos se pierden en en la distancia cuando te vas.
  4. Desconozco los motivos que me llevan a escribirte poemas a media noche.
  5. Y no soy capaz de entender estos sueños sin rumbo, que me conducen siempre al abismo entre tus piernas.
  6. Todo es claro y transparente, como un destello que mana de tus ojos y todo lo ilumina.
  7. Y sin embargo, no sé por qué te desvaneces y yo, como un ciego que intenta asirse a Dios, me encuentro abrazando el vacío.
  8. No sé por qué no sé...
    1. Y no me importa.

martes, 28 de septiembre de 2010

A veces...

A veces me levanto con tu imagen en la frente, como en aquel cuadro de Kahlo, y en la calle la gente me señala y, como un augurio del terrible encuentro con la belleza, huye de mi paso, se esconde en su casa y se pregunta si lo que vio es algo más que el reflejo de su propia muerte.